Hay verdades y realidades que son solo para mi.
Verdades de ayer y de hoy.
En una época en la que todos disfrutan estar expuestos, yo disfruto escondiéndome.
Las mujeres tenemos la torpe tendencia a contarnos todo. Mis amigas, que son las del secundario -a pesar que egresamos hace quince años-, siguen creyendo que “todas nos tenemos que contar todo”, so pena de ser condenada como “traidora, cortada, muda, ingrata y desconsiderada” si alguien omite detalles de su vida privada –y la de su entorno-
Ingenuamente caí en esta algunas veces, y casi todas las veces me arrepentí.
Hoy veo que los secretos de mi vida me han acompañado creciendo y son testigos permanentes de mi vida. Puedo decir que les tengo cariño y afecto, y por eso no quiero que se vayan, no quiero que dejen de ser secretos, contándolos.
Hay secretos de todos colores, aromas y texturas.
Secretos rojos, algunas veces en las que creo morir por enrojecimiento de cachetes de solo imaginar que alguien puede saber un secreto “papelonezco”. Como esa vez a los 12 años, cuando hice una lista de temas de conversación “piolas” para tener de machete cuando me hablaban por teléfono algunos intentando un levante y para evitar el pánico al silencio total. (era muy tímida y tenía fobia a los silencios en las conversaciones).
Secretos blancos, cuando veces muero de pánico total, y me palpita el corazón de la culpa y la satisfacción cuando recuerdo mis “canitas al aire pirateras”. Imagino el final total de la calma que hoy tengo en mi pareja si estos secretos estallasen.
Secretos rosados, como que más de una vez tengo fantasías con mi jefe o con el marido de una amiga. No sexuales precisamente, pero si más de una vez secretamente pienso –como en las pelis románticas - que podríamos “estar realmente hechos el uno para el otro.”
Secreto patético, que trato de intentar perrear como Emilia Atias frente al espejo mientras grito “rakatá, rakatá si se me pega voy a darle…”; pero delante de gente sigo sosteniendo con seriedad que no escucho otra cosa que rock nacional de los ’80.
Un secreto colorinche, es este blog. Me escondo para que nadie sepa que escribo y leo en la web. Borro el historial, las cookies y cuanta evidencia pueda existir. Y lo disfruto con adrenalina. Es mi secreto, y también lo es el tiempo que me dedico a leerlos a ustedes.
Será obviedad, pero cada vez más vuelvo a comprobar que la única forma que un secreto siga siéndolo, es no contarlo.